Leyes y leyes para la caza

Lunes, 29 Septiembre   

“Mientras el cazador legal sufre el intervencionismo sin fin, al desaprensivo no se le da su merecido, y los aprovechados florecen”.

En uno de esos correos con que nuestro paisano Agustín Palomino tanto ilustra y entretiene a los cazadores, se divulgaba la confiscación de trofeos por el Seprona. La noticia («Heraldo de Soria», 30/4/08) parecía insinuar que la ilegalidad obedecía a no haberse desnaturalizado (sic) en la taxidermia que el detenido indicó, pues —añade la Guardia Civil— «cuando se diseca un animal es necesario registrarlo en donde se realiza el proceso, para justificar la procedencia y demostrar así su caza legal».
Tan equívoca información, inquietante para la regularidad de nuestros trofeos, hizo preguntarse a Palomino por lo primero que le vino en mente: si es legal arreglarlos uno mismo o deben registrarse en un taxidermista; si cabe su compra o herencia —¿y poseer desmogues?— sin ese requisito; e, incluso, si sobre los viejos y amarillentos colgados en casa pueden recaer sospechas necesitadas de prueba en contrario. De ser así, concluye, ¿nadie denuncia estas estupideces?

El enfoque y valoración de la Guardia Civil no son exactamente los expuestos. Los trofeos incautados se presumieron ilegales, no por falta de registro en una taxidermia, sino por ser mentira que su detentador los llevara a la que dijo. Sin embargo, es razonable la crítica de Agustín a la filosofía reglamentista y el burocratismo dirigista que yo tanto detesto, reafirmando mi repulsa a la continua aparición de trabas en la caza y pegas a lo cazado. Las últimas en el Decreto 65/2008, de 6 de mayo, por el que Castilla La Mancha, como antes Extremadura, exige a los cotos (chicos y grandes, comerciales o deportivos, sociales o regios) unas instalaciones adicionales a las ya precisas.

¿Y para qué ahora? Para que los veterinarios, a las piezas de mayor y menor con destino comercial (basta que una lo tenga), les proporcionen etiquetas adhesivas o colgantes —a pieza entera o sus partes—, sacándonos los cuartos a los cazadores y a los carniceros (a punto de hartarse), mientras velan por que en el campo no se destripe (‘eviscere’, en cursi lenguaje oficial), matando de hambre a la macro y micro fauna carroñera creada por Dios para alimentarse de animales allí muertos (nutrientes también de los vegetales). Pero, eso sí, con toda comodidad, pues se impone que, ¡en pleno monte, cual operación de campaña sanitaria o militar!, haya todo esto: amplio e inclinado suelo impermeable, bien aseado y desinfectado; luz potente; ventilación adecuada; agua a presión; techo liso; contenedores estancos; mesa y silla (menos mal, pudo decir ´sillón´). No se mienta la calefacción (pese al crudo invierno manchego), ni la cobertura del móvil o la conexión a internet del portátil del licenciado de turno, cuya habilitación soporta también un ridículo papeleo administrativo, para marearlo más que acreditarlo.

Ni dos capirotazos de lógica y racionalidad resiste todo ello, que se resume así: «mantener y multiplicar a quienes ordenan y reglamentan, para que vivan los que miran y observan, pagando quienes trabajamos sin tregua por la caza (y, alguna vez, podemos cazar)». O sea, permitir que muchos de los que hacen poco por la caza vivan a costa del cazador, no sabemos si con cautela para no obstruir la actividad cinegética hasta el abandono de los hastiados protagonistas principales, o con el abierto propósito de rendirnos a todos.

Mientras el cazador legal sufre el intervencionismo sin fin, al desaprensivo no se le da su merecido, y los aprovechados florecen. Un asco, aunque de gris horizonte y con pronóstico reservado. ¿No hay límite en la imaginación de los empleados de las administraciones y organismos que se multiplican en el empeño de agobiarnos con leyes y más leyes, garantes, ante todo, de su modus vivendi? Y eso cuando no concurra ignorancia hasta en los funcionarios técnicos y los mismos agentes, muchos de ellos los primeros desconocedores de la naturaleza y la caza. Da vergüenza (¿o pena?) hablar con algunos.

Pero no hay que calentarse la cabeza con lo irremediable, que irá tirando hasta desaparecer quienes lo sufrimos. Maldito sea nacer y cazar en tiempos prósperos y cultos, cómodos y tecnificados, legalizados y descentralizados. Y encima con depurado ordenamiento jurídico constitucional, internacional, continental europeo, interno estatal, autonómico, local, corporativo, federativo, asociativo y… «plancinegetitivo» (en lo venatorio, lo medioambiental, lo sanitario, lo laboral y resto por inventar). Envidia dan los hombres primitivos que seguían el código natural. Y los medievales campeando a sus anchas. Y los del siglo XX con la ley nacional del 70, que nadie volverá a pillar. Nadie. Ni el que más sepa y ganas tenga. Nadie ya la tendrá jamás, porque era una ley de libertad, que hoy parece integralmente alcanzada y conquistada para todo excepto para cazar, al revés que antaño.